Por Rodrigo Urquiola Flores
Justo cuando acabé de leer Bellefleur, una gran novela de Joyce Carol Oates —de más de 900 páginas, de esas obras totales que aparecen cada vez menos; bella, recomiendo mucho—, y estaba con ánimos de empezar Donde el agua trabaja, de (aparentemente) la IA (donde el agua trabaja) ft. David Silva Rojas (un ciudadano peruano), me enteré del escándalo literario del momento a raíz de una investigación de El País: según Pangram, estaba escrita en un 99 % con inteligencia artificial.
Mi primer impulso fue hacerla a un lado con desdén y tomar otro de los libros en espera que aguardan en mi biblioteca. Luego, me ganó la curiosidad. ¿Qué tan buena será la escritura IA que hasta se ha ganado un prestigioso premio de 20 mil euros?
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Oraciones y frases breves, monótonas, grises. Capítulos cortos. Plagada de «silencios» efectistas. Personajes sin rostro ni memoria, sin otra voz que la misma monotonía impersonal. Mujeres obreras que trabajan en los parrales de Ica, en la recolección, para enviar dinero a sus familias. La narradora es oriunda de Ayacucho, ciudad de la que no sabremos casi nada. Tampoco sabremos mucho de Ica. Los antagonistas son varones que, de no ser por su apatía mecánica, podrían ser crueles: caporales (¿se sigue usando este término en Ica?, aquí en La Paz hace mucho que no), ingenieros, los encargados de que la fábrica funcione. Todos robots. Tampoco sabremos cómo es ese trabajo que realizan, ningún detalle técnico, solo generalidades: se trabaja, se sufre, se tiene sed, no importa, la vida debe continuar. No hay furia por la injusticia ni sentimientos de rebeldía, solo una sospechosa resignación repetitiva. En conjunto, es una narrativa hecha para agradar al intelectual contemporáneo más que al lector salvaje (ese que yo aspiro a ser), inofensiva: no ofende a nadie, no provoca; podría decirse que, en su insipidez, es correcta; no hay momentos de humor ni de tristeza real ni de erotismo ni de alegría ni de pasión ni nada. Por eso, uno nunca termina de empatizar con esos personajes que más parecen sombras.
Cuando terminé la lectura tuve la impresión de que ya había leído libros similares antes. Muchos de moda, obviamente. Incluso de origen boliviano. Libros con receta, fáciles de leer: frases y oraciones breves para armar capítulos cortos que fabrican una ilusión de profundidad poética; personajes que, más que personas con una identidad humana, parecen ser discursos andantes o «silencios» que aparentan existir; geografías sobre las que se discute, pero se nota que para el autor son desconocidas, impuestas más porque es lo que el mercado consume que por instinto artístico; mujeres heroínas u hombres que cuestionan su masculinidad fabricados artificialmente; el retrato de unos márgenes citadinos que serán por siempre desconocidos, como sombras indescifrables. Ilusión de verdad: puras mentiras bonitas, nada de bucear en incómodas heridas abiertas.
Quizás los robots llegaron antes incluso de que la IA pudiera fabricarlos.
De ser culpable quien firmó el libro, me lo imagino como he imaginado a otros libros hermanos suyos en su construcción, armando una cuidadosa receta en base a los gustos del mercado y luego metiéndolos a la licuadora y al horno para sacar un producto sin sabor, gluten free, sugar free, pero que se aplaudirá bastante porque el mercado tiene tentáculos largos que harán posibles esos aplausos, es parte de su naturaleza ser así.
La editorial responsable canceló las presentaciones del libro en España y anunció una investigación. En Bolivia, una de las editoriales más queridas y antiguas de nuestro ecosistema literario, Nuevo Milenio, pidió disculpas y anunció que la retiraría del mercado y devolvería el dinero a quienes la hubieran comprado. Estos editores actuaron de buena fe, son víctimas.
Sin embargo, tras las obvias preguntas que surgirán sobre el uso de las IAs en el arte, quizás en el futuro los libros saldrán con un sello que diga 100% trabajo humano, como los vegetales que, como vi en el exterior, deben llevar una advertencia si son transgénicos. Al parecer ya es momento de revisar todos los libros inéditos y aquellos que reciban premios literarios con varias herramientas que detecten IA.
¿No será también momento de volver a los libros que no parezcan la construcción de un robot, esos tan profundamente humanos que son capaces de discutir con nosotros, ofendernos, provocarnos, acompañarnos como amigos con identidad propia? Quizás la culpa la tenemos muchos de nosotros porque siempre es más sencillo aceptar a un robot que jamás te contradiga que a una creación auténtica que haga tambalear tus ideas o se pelee con tus creencias.
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Publicado por primera vez en: https://rodrigourquiolaflores.substack.com/p/la-escritura-robotica?r=6v9h8f
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