07/08/2026 por Sergio León

Lo perfecto hermoso y veloz de Adhemar Manjón

Por Fabiola Morales Franco

Soy de las que creen que una de las cualidades que define a un buen escritor reside en tener una voz propia y un estilo claramente reconocible; en este sentido puede decirse que Adhemar Manjón cumple con estos dos requisitos. Cualquiera que haya leído, aunque sea brevemente, sus otros libros —Los Fantasmas del Sábado y Los Belgas— reconocerá en Perfecto hermoso veloz al antihéroe atravesado por la sátira de una vida mediocre en una ciudad enclavada en el fin del mundo, pero con ínfulas de metrópolis.

En esta nuevísima novela, Manjón se adentra en los vericuetos de la vida laboral de un periodista cultural en la Santa Cruz de principios del nuevo milenio, y nos regala una visita detallada a los entresijos de la actividad diaria en el departamento de redacción de un periódico local, ideal para estos momentos en los que la prensa escrita está desapareciendo en Bolivia. Si el futuro sigue por este camino, Perfecto hermoso veloz tendrá en unos años no sólo la calidad de una ficción sino el estatus de obra documental.

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Manjón además tiene, y ha tenido, desde sus inicios una voz crítica con la bolivianidad y concretamente con la cruceñidad. En esta visión no hay estrato que se salve: da lo mismo si el personaje es Hugo Banzer, que si es un famoso presentador de televisión, un desconocido periodista cultural, un galardonado poeta o un asesino en serie: a todos los une el mismo hilo con el que el autor borda este thriller en forma de novela. En cada uno de sus personajes hallamos sin edulcorantes las medianeces, lo pusilánime, aquello que a los bolivianos nos provoca pudor y vergüenza (ajena y propia), un baile de mezquindades que de tan reales provocan la risa franca. Porque si hay dos cosas que me pasan cuando leo a Adhemar son: una, la admiración que siento por su manejo del personaje masculino, la desmitificación sistemática del macho y en el caso concreto de Perfecto hermoso veloz el atreverse con personajes reales, algunos muy venerados, señalándolos con nombres y apellidos y a otros simplemente esbozándolos como queriendo decir, a quién le quepa el poncho que se lo ponga; y la segunda es la sonrisa que te sacan las situaciones, extraídas de la pura realidad, a las que sus personajes se enfrentan.

Existe a la vez en la escritura de Manjón cierta melancolía, un dejo amargo, un algo que recorre sus historias por debajo, como un río subterráneo, la desesperanza, el hartazgo de una vida de sociedad retrógrada y pequeñoburguesa, la mediterraneidad de un país que vive de un pasado inexistente y que cada día más parece no tener otro futuro que no sea la futilidad, lo superfluo, el espectáculo de cartón piedra, la total y absoluta desidia.

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