Por Giovanna Rivero
Las fechas que he elegido no tiene un significado especial. No se trata de navidades o cumpleaños, ni siquiera he convertido ese sucedo, cuando a los veintitrés días de mayo de 1985 nos fuimos a pasar las vacaciones a la quinta de tus padres, en un hito. Nada es un hito. Todo es de una aburrida, tediosa continuidad. El hilo de plata que a veces parece soltarse.
Antes del 85 no éramos muy amigas. Se rumoreaba que tu padre estaba metido hasta el pescuezo en el “negocio”, y mi padre, de un izquierdismo intachable e inútil, me había listado los nombres de las compañeras cuyos padres pertenecían a la “mafia italiana”. Tenía humor mi padre para referirse de ese modo a la violenta precariedad de las vendettas montereñas. Tu padre estaba lejos de ser Marlon Brando y el mío no era Regis Debray. Montero City no era Sicilia aunque los vastos kilómetros de puro verde no hicieran pensar en campiñas donde Savarese había aprendido a odiar de manera personal. A nuestros narcos les faltaba clase. Pero me gustaron tus Reeboks fucsia, haciendo un match perfecto con las ligas de tu media cola. Sabía que habían sido comprados con dinero sucio pero igual te lo elogié. Vos me dijiste que podía pedírtelos prestados cuando quisiera. Lástima que eras grandota y que a mí nunca me ha gustado el garbo de la pata Daisy.
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El 18 de enero de 1985 habías cumplido quince años y en esa ocasión me invitaste a tu fiesta; irían, dijiste, lo más “churros” de Muyurina. Fui a pesar mío (mi videocasetera había sufrido una sobredosis e iba a perderme irremediablemente el concierto del año en “la tierra de desnudos caníbales”); entonces mi odio personal había empezado a brillar como un diamante de ochenta y ocho caras y yo lo cuidada como lo que era: una joya. Tenía trece y no sabía bien a qué o a quién odiaba, sólo me dejaba invadir por el oleaje de sangre que ascendía (disculpa la metáfora, piensa en un maremoto y en cómo se alca el agua, absorbida, me imagino, por una esnifada celestial) en espirales perfectas hasta llegar a las yemas de los dedos, a los ojos, al cuero cabelludo. ¿No te dabas cuenta de que estábamos rodeadas de estúpidos? En algún momento de la noche nos encontramos en el baño. Respirabas excitada. ¿Consumías de la merca de tu papá? No, habías visto “algo”, dijiste, mientras bailabas el vals, mientras ibas a lo Cenicienta de brazo en brazo, y tuviste que disimular para no arruinar tu propia fiesta, pues estabas consciente de que ésa era también la fiesta de tus padres. Festejaban el que esta vez hubieras pasado de curso; no importaba que tus pechos fueran obscenamente más redondos que el de todas las demás. Tu padre te hubiera comprado un título de astrónoma de Harvard. “¿Qué viste?”, te pregunté, con la esperanza de que te hubieras percatado de la estupidez reinante. Los “churros” de los fracasados yuppie boys que irían a colonizar Santa Cruz. Era todo cuanto teníamos. Pero entonces me miraste fijo, con una profundidad obsesiva que me estremeció la médula (disculpa de nuevo, soy pésima con las metáforas clínicas y caigo con facilidad en la cursilería, un permiso que he comenzado a darme desde 2005) y sonreíste, y por primera vez pensé que simple y llanamente eras mala. O tonta. Tonta, mala y tetona, una estética que ha tenido un éxito monstruoso con las Bratz, pero antes, sin un ápice de silicona, emergía natural y charmosa.
En abril del 85 me invitaste a pasar la Semana Santa en la quinta de tus padres, en Concepción. Iríamos en el camión, “sustento” de tu familia, como decía tu padre, con un descaro cerquita de la perversión o de la ingenuidad. Los “hombres” de tu padre había lavado bien la carrocería para desprender el estiércol de las vacas y tirar colchonetas allí pues viajaríamos de noche. Te pregunté por qué les llamabas “hombres” y no “peones” o “trabajadores”. Dijiste que así los llamaba tu padre. Pensé que quizás el mío tuviera razón sobre aquello de la mafia italiana y sus procedimientos. Cuando el Volvo —que despedía una singular mezcla de diésel, estiércol, detergente y algo más— se estacionó delante del pequeño jeep Suzuki de dos puertas de mi padre, estuve a punto de decirte que me quedaba. La resistencia de mi progenitor no había sido lo suficientemente izquierdosa para enfrentarse a la estupidez reinante o, quizás debo ser más justa, que me había dejado a solas con mi “libre albedrío” para decidir si iba o no. Las rayas gruesas de delineador que te habías dibujado con demasiado énfasis en el borde inferior de las pestañas te hacían ver como la chica preferida de Freddy Krueger, aferrada con tus uñas rojas postizas a la baranda de la carrocerí. Llevabas también un rosario negro con una cruz volcada. Me apresuré a subir para que ninguno de mis padres te viera en esas fachas.
El viaje de ida fue hermoso. En este caso no tengo ningún tipo de metáfora clínica. Despatarradas sobre las colchonetas veíamos pasar la vía láctea en la espléndida pantalla del cielo de noche. Ni MTV con sus efectos especiales habría podido filmar algo así. Lo mejor de la temporada había sido aquel inolvidable close-up a la excesiva dentadura de Freddie Mercury en Rock in Rio el jueves 18 de enero del 85, goodbye everybody, I’ve got to go, gotta leave you all behind and fase the truth… Captamos la señal con la inmensa parabólica que tu padre instaló en la terraza, la hacíamos girar como si estuviéramos convocando alienígenas. A veces también atrapábamos imágenes del prono más nostálgico del mundo: John Holmes, el arcángel caído, seduciendo con trama, con lógica. Supe su nombre después, cuando me pareció justo-injusto que a Foucault también le hubiera devorado las entrañas el Saturno posmoderno. Las verdaderas estrellas, sin embargo, seguían siendo fugaces, tanto que a veces debíamos imaginar su rastro, apostar a que las habíamos visto, aunque fuese tan sólo con la imaginación. Claro, no sabíamos los nombres de las constelaciones porque entonces en la escuela no enseñaban cosas útiles. Tampoco sé si la Reforma Educativa del 94 pudo incluir finalmente la vida interior en sus currículos (igual, ya para entonces habíamos acabado el bachillerato, yo cambiaba de universidades buscando lo mío, confundida, recuperándome, y vos te habías largado a Francia). En todo caso, circulábamos cuadernos-slam en los que formulábamos deseos. Vos deseaste que las voces se largaran. Las monjas, entrenadas por la CIA para decomisar diarios privados, te miraron con sospecha. Ahora puedo decir que Santa Teresa era una de las tuyas, una verdadera freak. A ella, como a vos, le sobrara imagination, algo que los viejos pronunciaban con asco, atragantándose. Incluso para alucinar debían meterse grandes porciones de “talco Johnson” a través de cilindros hechos con páginas de la Biblia. Creían que bastaba ser profanos para ser libres. Esto lo digo ahora que también he sido contaminada por la adultez y, de algún modo, por “la disciplina intelectual”. Estas últimas tres son tus palabras, con las que después de, ¿cuánto?, ¿veinte años?, vuelves a comunicarte conmigo para pedirme un respaldo. No te asombras de que haya sido yo quien me haya “convertido en escritora” (palabras tuyas también) u no vos, que era la que inventaba las historias. Dices que te buscas en mis libros y que a veces te reconoces, deformada, pero que no te preste demasiada atención porque desde algún tiempo lo ves todo de ese modo. La nueva meditación te hace temblar un poco el pulso y te es imposible restaurar las piezas que te dejan con plazos estrechísimos. Has debido pedir asistencia al fondo de desempleo, odias los fideos, dices, los odias profundamente, de manera personalísima, te asquean, y tampoco confías completamente en el abogado del Estado. Cuentas, con tu reprimida vena de escritora que optó por la pintura de restauración, que el abogado tiene la cara demasiado asimétrica. Todo el mundo puede tener un ojo más chico, o cierta oblicuidad en una comisura de la boca, pero tu abogado presenta errores matemáticos. Quizás él también esté en tu contra. Por eso me pides respaldo. Por suerte el seguro médico en Francia es gratis, para propios y extranjeros, pero apuestas a que tus medicamentos están todavía en fase de experimentación. ¿Cómo podrás defenderte también de eso? Michael Moore hizo un corto al respecto. Te sientes como una maldita rata.
En la madrugada del 22 de abril del 85 llegamos a Concepción. Tu padre se bajó de un salto de la cabina del camión “sustento de la familia” y levantó el polvo del camino de un latigazo. Dijiste que te gustaba eso, lo tomabas como un viaje en el tiempo, lo comparabas con un héroe de las revistas de historietas que leías y cuyas viñetas recortabas cuidadosamente para volverlas a colar en distintas secuencias. Este hábito se convirtió, en realidad, en nuestro verdadero pacto. No fue tu par de Reeboks lo que terminé pidiéndote, sino las revistas descuartizadas que abandonabas y que yo recomponía mentalmente, bajo mis caprichosas suposiciones. Ahora no recuerdo si Savarese fue tu primer amor o el mío. Algunas cosas pierden su esencial identidad con el paso del tiempo, o tal vez se transfieren a sus verdaderos dueños. Es probable que Savarese haya sido mío en el principio. A vos, en el fondo, te gustaban los hombres con látigo.
No, no. Ahora que ecualizo mejor las cosas, me parece que gustaba Freddie Mercury, aunque sabías que estaba del otro lado. Te gustaba por eso. Decías que Mercury cantaba en trance, no era su voz, no era su letra. ¿No? ¿Se la escribe Michael Jackson?, te bromeaba yo; en realidad quería lastimarte. Me mirabas despreciativa desde tus quince años y la media cabeza de altura que me llevabas, sabías algo que para mí estaba negado: “se las escribe el Diablo”, sonreías, y luego te quedabas mirando el horizonte, o lo que hubiera en el horizonte, que no siempre era el paisaje bucólico de Concepción, su aspecto de paraíso extraviado, sino una motocicleta que rompía el viento en un pueblo infernal donde nos pudriéramos en slow motion. Mercury ya está jodido, decías, como si supieras que su carne afeminada había sido marcada sin demasiados preámbulos por la sigla del millón, por la misma patada de la bestia que exactamente un año antes de nuestro viaje a Concepción había derrotado a Foucault. Ya lo ves, tenías vocación trágica. (Aunque no lo sabíamos y quizá no nos hubiera rozado lo suficiente, creo que vos y yo estaremos de acuerdo en que la muerte de Foucault, de haberse adelantado un tanto la Reforma Educativa o de haber sido nosotras un poco más grandes, igual de inadaptadas, no habría importado profundamente. Habríamos llorado. Pero no, hemos tenido que terminar de pulirnos en la puta calle, en la “escuela de la vida”, para decirlo con estilo).
Todo el jueves nos la pasamos montando a caballo. Vos ya eras una experta. Igual, al terminar el día dijiste que tenías “las ancas destrozadas”. Envidié tu forma de hablar. A veces podías arrasar con el mundo real.
El Viernes Santo, 23 de abril, tu padre, posible narco y creyente a morir, nos prohibió bañarnos para no cometer herejía contra la sangre de “nuestro Señor Jesucristo”.
La casa era una vieja hilera de cuartos coloniales de techos altos, donde anidaban murciélagos y telarañas. Batman hubiera tenido un orgasmo. Nos correspondía la habitación del fondo. Nos acostamos en la misma colchoneta; yo, por miedo a ese mundo exterior, de pronto desconocido, que sólo estaba a unos kilómetros de la ciudad, de sus discotecas de pueblo con sus enormes esferas de espejos, imitando a una inalcanzable y neoyorquina Studio 54, vos por miedo a tu mundo interior. Me describiste en detalle las voces que escuchabas. Venían desde el fondo. Pensé en la base del cráneo y me toqué instintivamente la nuca, como si tuviera alojado allí un ventrílocuo. ¿Yo también guardaba voces? “No tengas miedo”, dijiste, “a vos esto no te va a pasar”. Nos quedamos mirando el techo. De la vida más alta, un murciélago pendía bocabajo, ajeno al bosque y a las quebradas que yo había distinguido al llegar a Concepción.
No era aún la medianoche cuando te incorporaste, poseída por una especie de superpoder que Hitler te habría envidiado. “Necesito bañarme”, dijiste. Tu padre roncaba como un oso en el cuarto contiguo. Salimos en puntillas, bajamos por el sendero que tu padre había sacudido de un latigazo, uno de los hombres dormía en una mecedora bajo el farol de querosén. Acarició mecánicamente la culata del revólver cuando escuchó, entre sueños, nuestras pisadas quebrando la hierba. Me habías contado que tu padre lo había tomado por su experiencia en “cuidar la espalda ajena”: había trabajado para un “Tal Escobar”, lo decías con la convicción de las mayúsculas. También podías ser muy tonta. Luego fue el chapoteo del agua lo que lo atrajo. Me hiciste señas para que nos quedáramos quietas, con las narices asomando lo suficiente por sobre la membrana del agua, como hacían los vietcongs. Habíamos escondido la ropa tras unas piedras. El hombre de tu padre permaneció quieto unos cinco minutos, oliendo el aire como un perro. No sé cómo olió tu sangre. Yo hacía apenas unos meses que menstruaba, pues fui algo lenta para hacerme mujer, pero pude sentir, quizás por la última pureza de la quebrada, que estabas tiñendo el agua de un púrpura negro. El resto de las cosas, a partir de este punto, sucede frenéticamente y voy a intentar ser objetiva. Con ese fin usaré el método de la lista, el que vos perfeccionaste para que las voces no te traicionaran cuando tenías que avanzar en el mundo de los otros, imponiéndote una memoria artificial, protegiéndote de la salvaje autenticidad de tus susurros. Una lista d ellos hechos podría incluir lo siguiente:
El hombre de tu padre vuelve sobre sus pasos.
Nos reímos con morbo, con ese cosquilleo en el estómago que, de algún modo, se refleja también en la vagina, en las ganas de orinar. “¿Estás con tu regla?”, te pregunto. Sacas del agua, como una piraña bebé, tu mano mojada y me la acercas a la nariz. Digo “puag” por decir algo.
Entonces escuchamos los disparos.
Salimos del agua.
Corremos.
Te jalo del brazo. “La ropa, mi ropa”, te digo. Pero ya no estás. Te haces un punto en tu carrera a tu casa.
Gritas, “¡es mi padre, mi padre!”. El pelo mojado te azota la espalda. Y, claro, menstrúas. Como entonces ahora todavía creo el rastro de tu sangre en la arena.
El hombre de tu padre no habrá podido llegar ni siquiera al hall. Tendrá una especie de volcán diminuto deformándole la cabeza, donde comienza a perder pelo. Si ese tipo tenía voces en su interior, ya deben haberse largado.
Te busco. Mi respiración es la de una bestia. Me parece que por un segundo pienso en mi propio padre y en cómo escapó a su destino de cura jesuita. De algún modo soy la hija del fracaso de la Teología de la Liberación. Quizá no hubiera estado aquí. Esta escena no habría existido.
Pero vos ya no estás parada ahí. En tres segundo, una chica desesperada puede estar inclinando su cuerpo desnudo sobre la agonía del padre. Recién siete años después, en el 92, el guardaespaldas tendrá un lugar romántico en el cine (un lugar curso, pero homenaje al fin); mientras tanto, durante estos minutos yo le doy el lugar que se merece por su modo de ensuciar el aire con su apestosa respiración: el criminal. En el 91, su propio “hombre” traicionaría al “Tal Escobar” entregándolo a los “sabuesos del norte”, que aunque suene a grupo de corridos, sólo se trataba de la CIA. A veces pienso que el tiempo ha agotado ya todas sus metáforas. Quizás el videogame sea la última tabla de salvación.
¿Dónde estás?
En mi recuento de las cosas, voy tras tus gritos, sedada, como un pez.
Antes de morir, tu padre pensará que te han violado. Deberás decirle que muera en paz, no precisa una vendetta. Estás sangrando porque tienes quince aunque seas algo retardada y escuches voces.
Pero nada de esto es necesario.
El hombre de tu padre se queda atónito cuando nos ve desnudas, bajo la lámpara de querosén, gritando como un par de locas. Se quita la colcha que le cubre la espalda a manera de poncho y nos la ofrece.
Tu padre sale con la escopeta en la mano, humeando. “Disparaba al cielo”, dice. Evita mirarte pues yo, en mi pudor, ocupo casi toda la colcha. Le ordena a uno de sus hombres que te traiga “los remedios” y te obligue a tomarlos. Gritas, poseída por esa superenergía que Hitler te envidia desde todos los tiempos. Los hombres de tu padre te hacen tragar dos píldoras jalándote un poco el pescuezo como una gallina. Por un instante te me haces extraña, pero en medio del griterío distingo tu sonrisa y tu mirada, dolorosamente lúcidas, y me toco las clavículas, mojadas, para constatar que estoy, pues a estas alturas me importaría un pito ser una más de tus voces o criaturas. Yo sólo quiero acompañarte.
Todo esto ocurre el Viernes Santo.
El sábado amanece nublado y todo es oscuro, como en la Edad Media. La pasamos bajoneadas. Vos por el efecto knock out de tus medicinas (y, me imagino, macurcada con tanto forcejeo), yo por la desilusión. Hubiera querido llevarme a casa algo más, un crimen, una forma de crecer.
De modo que cuando me pides un respaldo porque, en otro listado de cosas: el francés con el que te casaste resultó ser un sádico que te llevó hasta Sudáfrica para hacerte pasar por prostituta y traficar diamantes y te obligó a abortar dos hijos suyos y, cuando finalmente pudiste tener a Constantine, te pidió el divorcio no sin antes interponer una demanda de custodia porque eras mentalmente inhábil para criar a una hija, me dijo a mí misma que firmaré con gusto este auto de fe de tu cordura suscrito, además, por otra parte, apellidos franceses, nombres modelados por otras lenguas, y que sin embargo me parecen entrañables, como todas las criaturas. Me permito añadir al testimonio este breve recuento de un año que quizás no signifique demasiado, pero que puede apoyar a los argumentos basados en la “genealogía como evidencia” de tu abogado estatal de rostro a-matemático (Alice Sebold venció un juicio horroroso con una abogada estatal en la década de la heroína y la igualdad racial; puede que el nombre tampoco te diga nada, ahora convivimos con distintas criaturas, pero quizá te reconforte). También adjunto este recorte de periódico con fotografía. He resaltado en fosforescente, para que brille, incluso si es de noche, en lo contemporáneo y patético, el pie de foto. Allí están nuestras iniciales. Dos muchachas conduciendo un camión Volvo con los ojos vendados post-foto, como si fuéramos el avant-garde de la cinta snuff. No estamos desnudas ni ensangrentadas. Llevamos camisetas con chapuceras serigrafías con la leyenda I want to break free hechas en la clase de Manualidades (que la Reforma Educativa del 94 eliminó tan desatinadamente porque confundió el feminismo con el tedio profundo). La noticia comienza de lo más normal: “Menores de edad al volante de vehículos de carga pesada sin licencia de conducir”. No creas que hay error gramatical en esta entrada: se trata de la prefiguración de un nuevo orden: las MAD, por ejemplo, copian el ADN de los organismos desintegrados como si te estuvieran esnifando el alma. Democracry Now decía algo como “Soldados disparan arma láser con sensibilidad humana”. Pero bueno, todo ello para decirte que te aferres a la última tabla, que no es ni el códice de Noé ni —como dije hace unas líneas— el videogame, sino el episteme de la locura. Presta atención también al cierre. La parte que me gusta, por perversamente imbécil y moralista, por lujuriosa (¿qué?, ¿acaso querían mirar bajo la lona de la carrocería?, ¿hacerte castigar por tu padre, por grande y tonta, por incapaz de llevar a cabo una simple misión, de hacer una entrega sencilla, de ganarte por lo menos el valor de tus medicinas, de aprender lo dura que es la vida?), es justo ésa, la del final, donde les permiten opinar a los reporteros: “¿y dónde estaban tus padres?”.
Extraído de Conductas erráticas. Primera antología boliviana de no-ficción