03/27/2024 por Sergio León

¿Qué es lo real, qué lo humano?

Por Rodrigo Figueroa Calsina

Supongamos que este objeto físico que tengo en mis manos no es un poemario, sino un  router o un dispositivo que nos permita interconectar con otro tipo de red. Imaginemos que, una vez conectados, navegamos por las páginas que nos plantea el universo de la autora. No nos resultaría casual, en este punto, que la información, tanto de libros como de internet, esté dividida por páginas o páginas web (si las entendemos como una unidad básica de información presentada en un formato visual). Reemplacemos ahora el acto de remojar el dedo para pasar de página por el clic, revisemos que nuestra conexión sea estable y sumerjámonos más a profundidad en este universo.

Las puertas del Universo 127 expandido de Lucía Carvalho (Editorial Electrodependiente, 2023) se abren con un epígrafe o una especie de letrero de bienvenida escrito por Philip K. Dick, que dice: “Si crees que este universo es malo, deberías ver los otros”, como una advertencia para que ajustemos los sentidos ante un camino que puede presentarnos algún tipo de dificultad. Es también Philip K. Dick quien nos dice: “No quiero escribir sobre el mundo que tenemos, porque el mundo que tenemos está muy por debajo de mis estándares. Okay, debería tal vez revisar mis estándares, acomodarme a la realidad. Pero yo nunca me acomodé a la realidad. Por eso escribo ciencia ficción. Si ustedes quieren acomodarse a la realidad, vayan a leer a Philip Roth…”. Es de la misma forma que Lucía nos muestra en su universo esta exacerbación con la realidad transportándonos a la ciencia ficción de la mano de poebots, computadoras que se enferman, electro-fiebre-amarilla, hashtags o un hablante que a momentos parece un ciborg, como en el caso del poema “No soy un robot”:

Que un jugador/ Un ser superior/ coloque la cocina al lado de mi cama/ y con un botón/ quite todas las ventanas de mi cuarto abra el gas/ prenda la cocina/ Y yo/ No me pueda mover/ No me pueda mover/ No soy un robot/ Yo me asusto/ Yo grito/ Yo estoy aquí/quemándome/ por nada. Entonces surge la pregunta ¿es un robot que se niega a sí mismo y quiere humanizarse o es un humano que se niega a ser un robot? Me gusta pensar que ocurren las dos cosas, pero en universos paralelos. Esta misma sensación me invade con el poema “Detalles técnicos”, que dice: El daño crece/ mientras las letras son reemplazadas por números/ El d4ñ0 d3sv4n3c3/ Es tanta la humedad/ no me deja abrir/ P03b0t/ No me deja cerrar. / P03b0t/ Ganaste. / Estoy cubierta de larvas. / Infección fin41iz4d4.

También nos encontramos con el poema “Niña perro”, que parece una suerte de distopía y después de terminarlo nos encontramos con una página que solo contiene tres palabras: “navega, niña perro”, y un código QR gigante al centro que si no se cuenta con un teléfono inteligente, un escáner o la tecnología necesaria para leerlo, basta con imaginar que ese código es un laberinto visto desde arriba y empezar a jugar, ser niños otra vez y encontrar una entrada y una salida de ese laberinto que pueda unir las tres palabras que contiene la página para darse cuenta de que ese laberinto no tiene posibilidades de solución o quizás tenga posibilidades de solución infinitas, dependiendo de los ojos con los que se lo mire, como la poesía misma.

En este punto del viaje vamos a discrepar con la frase de Dick y vamos a decir: Si ustedes quieren acomodarse a la realidad, vayan a leer a Paulo Coelho y repetir como un mantra su frase: “Cuando una persona desea realmente algo, el Universo entero conspira para que pueda realizar su sueño”, como lo hacen y postean sus miles de seguidores. Porque este universo, el 127, no conspira por nada, simplemente te atrapa y te muestra poemas que reflejan la realidad de la vida actual, que se atraviesa constantemente con la creciente problematicidad tecnológica. Como nos muestra el poema “Esto no está en Wikipedia”, que dice: Pienso en la inmensidad de la conciencia/ virtual que habita mi dispositivo móvil/ pienso en todas esas relaciones que han comenzado y/ terminado en este aparato de cuatro punto siete/ pulgadas y 326 ppi/ […] Pienso que ya no nos une el tacto/ ni nada relacionado con la presencia/ física nos unen estas historias de/ emojis/ esta historias bloqueadas en términos y/ condiciones estos recuerdos mutilados que yo/ elijo o no mostrarte/ pero que no se le puede ocultar a esta inmensidad/ radioactiva que guardo en mi bolsillo/ eterna y efímera. 

En el libro Pequeño mundo ilustrado, María Negroni nos dice: “La gran pregunta de Dick es siempre la misma: ¿Qué es lo real, qué lo humano? De ahí que sus personajes estén, como nosotros, perdidos en el cosmos, que se hallen sujetos a la orfandad, el encierro, el caos y la desesperanza…”. Al leer, o navegar por, Universo 127 expandido, me pregunto constantemente  ¿qué es lo real, qué lo humano?, y pienso que la cita viene al caso porque Lucía Carvalho nos enfrenta a esa misma interrogante y nos conduce a lugares hermosos y horribles a la vez, como en el poema “¿Llegaste bien?” o poemas pandemia como yo los llamo, en el caso de “N-19”, textos que reflejan una realidad maquillada por la redes sociales y que nos muestra a profundidad el cómo las personas viven y demuestran sus emociones a través de las tecnologías. Esta interrogante también sale a la luz al ver que durante todo el poemario se ve una constante degradación del cuerpo o una degradación del cuerpo con relación a la tecnología como lo es en el poema “Baño María”, en el que Lucía Carvalho nos dice: Y esta piel que pide sol/ no lo tolera/ esta piel se cae/ como la cáscara del ajo/ por pedazos/ estoy hecha de capas/ como los ogros/ y estas capas son ligeras/ las arranco/ las pierdo/ las recupero/ las cocino/ en baño maría./ Este cuerpo/ se come a sí mismo/ como un guiso. O el caso del poema “Territorio”, que dice: Esto no es un cuerpo/ es un refrigerador/ que guarda partes/ tripas/ entrañas envasadas al vacío/ y solo se leen fechas de/ expiración/ información nutricional/ engañosa […] Instrucciones que nadie lee nunca/ pero que todos las conocen/ y en ese todos no estamos todas/ porque sin importar las olas de colores que inundan la ciudad/ falta una pieza/ Mi derecho/ en/ este/ cuerpo.

Volviendo al libro de Negroni, cito “En literatura, escribió Simenon, todo es siempre autobiográfico, incluso la imaginación…”, y este poemario no es la excepción, porque en la última parte nos muestra esa melancolía tecnológica propia de las personas nacidas en los noventa, esa nostalgia por los discman, los reproductores mp3 o mp4, los tamagotchis, la enciclopedia Encarta, los juegos en 8 bits, el virus troyano, los primeros celulares a color, escuchar a Britney en los 10 más pedidos en MTV, entre otras cosas que se dejan ver en el poema “Me gusta lo que me gusta”: Y yo sigo dándole me gusta/ a los chistes que no me ofenden/ y eso que yo me ofendo por todo dicen/ porque nací en mil nueve noventa y tres/ había internet a domicilio/ cuando tenía diez años/ usaba internet en mi casa/ si alguien levantaba el teléfono,/ la señal se caía; o en el poema “Un día como hoy”, que dice: Todavía reviso los recuerdos/ generados por algoritmos/ No por eso dejan de ser míos/ Yo elijo qué recordar:/ una bicicleta/ una sonrisa sin un diente/ mi primer disfraz hecho por mi madre/ (una papa de papel maché y marcador negro)/ una amiga cuenta un chiste/ me rio hasta hacerme pis/ unas revistas pornográficas/ mis frenillos/ mis errores ortográficos […] Tengo tantos recuerdos mutilados en un sitio de la web.

Ya llegando al fin de este universo, la poeta cierra con un texto inmejorable, que debería estar en un grafiti en las paredes de algún edificio público:

La poesía
es el fin
del mundo.

Quizás sea cierto, pero después de terminar el viaje y leerlo por completo, este poemario puede dar fe de que, al mismo tiempo, la poesía es un universo en constante expansión.

Fuente: 88grados.com