11/06/2026 por Sergio León

‘El amor, sus recurrecciones’. Un libro de Vilma Tapia Anaya

Por Christian Jiménez Kanahuaty

Cuando Vilma Tapia Anaya publicó Lentitud, lo que anoté en una reseña que escribí, aquel libro funcionaba como una bisagra que conectaba dos momentos importantes en la construcción de la poética que ella establece desde una voz construida desde el recuerdo del mundo sensible.

Por un lado, Lentitud es un libro que en una economía del lenguaje muy depurada organiza los temas recurrentes de la poeta para darles una mirada desde cierta lejanía. Exploraba el cuerpo, sus ausencias y la disolución del amor en la letanía del tiempo. Además, establecía una mirada que, descarnada y preciosista, miraba el mundo más allá del bien y del mal. La poeta reconciliaba con la vida que hizo suya a través de la palabra y sus significantes.

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De ahí que la imagen de lenta espera, como flor lenta de verano, parecía adecuada, porque la lentitud no refería a la fragua del poema que componía el libro, más bien apuntaba en otra dirección: hacia el espacio liminar que se hace por fin presente, porque aparecen nuevos temas, nuevas maneras de hacerse del verbo carne y de indagar en el registro de un nuevo tipo formal de escribir poesía.

La lentitud, refería también, entonces, a cómo de lenta se hace la espera cuando emerge dentro de un poeta una nueva voz. Esa era la finalidad de la bisagra: conectar un mundo poético establecido a través de décadas de trabajo libro a libro, verso a verso, y luego, el modo en que se avecinaba otra voz. Otra entonación y otro modo de hablar de lo universal, haciéndolo de vital actualidad.

Y tuvo que llegar este nuevo libro publicado por Plural editores en este año, que es el golpe tras la transformación. En primera instancia hay una elaboración alrededor del tema del amor, tal como su nombre lo indica. Pero allá donde en otro tiempo se cantó al amor no correspondido o al amor de lenta escama. Hoy se lo narra. Sus páginas están pobladas de prosa poética. Prosa que deambula con soltura entre la construcción de imágenes encabalgadas y secuencias que, sostenidas en un ritmo testimonial, hablan del amor y sus escenarios. Del pensamiento sobre el amor, al amor en acción.

Sin embargo, a no olvidar: estamos en el territorio de la poesía; por tanto, la ambigüedad está presente y no se habla sólo al amor romántico o erótico, también aparece el filial, el doméstico, el de la amistad. Las dilatadas formas del amor se hacen luz y como toda la poesía de Tapia Anaya, genera iluminación en el lector. Además de un gran placer y cierto goce con la palabra que conduce a un tipo de la alegría.

Alegría que raya en la felicidad por leer el hallazgo de ciertas palabras que funcionan a nivel poético tan bien, pues se vislumbra que el texto no hubiera podido escribirse de otra manera. Sin embargo, hay algo más, porque en un plano más formal, hay un nuevo quiebre y responde a la enumeración que aparece salteada entre las páginas.

Enumeración que simboliza aforismos, sentencias, ideas, fragmentos de conversaciones e ilusiones perdidas sobre los restos del amor y las lecturas que sobre él se tuvo en los libros de los demás. La sección no en vano se llama “Desdoblamientos”, y empieza de este modo:

-Un jardín desciende con lentitud.

-El rojo de cada pétalo canta, sangre que se eleva.

-La noche es un anuncio.

-Un anuncio como la noche.

-El fuego y el agua se tocan al centro.

Entonces, tras la aparición de “Desdoblamientos”, se niega el silencio. Porque es verdad que, en cierto tramo del libro, el lector tiene la impresión de que aparece la prosa no para sustituir al verso, sino para evitar que la poeta calle.

Y el desdoblamiento sirve para agilizar la escritura, para hacer de ella crítica de la verdad metafórica.

Son significativas todas las páginas donde la poeta se desdobla y se piensa mientras piensa el lenguaje con el cual de ahora en más deberá volver a nombrar el mundo.

Lo cual nos lleva a pensar que este libro además de ser el inicio de una nueva etapa en la poesía de Tapia Anaya, a su modo, es el síntoma de una poesía que atravesó muchas etapas en su formación. Tras pensar el mundo y nombrarlo, después se vuelve autoreflexiva con la intención de preguntarse por el sentido complejo que debe tener el poema en el mundo tras el Holocausto y termina por reflexionar sobre la presencia del poeta en la sociedad, y su ineludible función social.

Tapia Anaya, entonces, se perfila a lo largo de este libro y tras todos estos estadios, en alguien que nota que el lenguaje debe volver a limpiarse y rearmarse, para así adquirir nuevas proporciones sobre los restos de las ruinas del presente. Esta impronta actualiza aquello que, también en el terreno de la poesía, Paul Celan abriría en su momento.

Tapia Anaya, entonces, configura una nueva poesía en este libro –El amor, sus resurrecciones-, porque el poeta hace eso. Al armar una nueva poesía, entrega al mundo un nuevo lenguaje, lenguaje que será el instrumento a través del cual los seres humanos podrán conocerse en un nuevo contexto histórico a la luz de una serie de sentimientos que también se han transformado. Así que para captar esa transformación hay que aprender a nombrar todos los sentimientos nuevamente.

Este libro entonces, tal como el I Ching o Libro de las mutaciones, enseña al lector y al poeta que lee a otros poetas cómo encarar, en este justo momento de nuestra historia, las dimensiones complejas del mundo, cuando el lenguaje poético infectado de prosa es capaz de ir allá donde el verso por sí solo no hubiera podido llegar.

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Fuente: https://www.ramonacultural.com/contenido-r/el-amor-sus-recurrecciones-un-libro-de-vilma-tapia-anaya/

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