10/23/2026 por Sergio León

«Lavarse la sangre», de Gabriel Entwistle

Por G. Munckel

La literatura sobre las dictaduras abunda en Latinoamérica: está la que se escribió en ese momento, desde sus respectivos países o desde el exilio; la que se escribió en los años posteriores, que investigaba y denunciaba los crímenes atroces de esos regímenes, y la que se escribe todavía, ahora desde el punto de vista de los hijos de militantes o víctimas de las dictaduras. Además, los géneros desde los que se explora ese periodo son variados y van desde la literatura testimonial hasta el terror sobrenatural. El tema puede denunciarse de manera explícita o aparecer como telón de fondo. Las posibilidades son muchas. Sin embargo, a pesar de ser abundante en países como Argentina y Chile, la producción literaria que se ocupa de la dictadura en Bolivia es escasa.

Lavarse la sangre, de Gabriel Enwistle, viene a llenar ese (casi) vacío, a saldar una deuda con la literatura de corte histórico. Publicada más de cuarenta años después de que la represión y la dictadura de Luis García Meza llegaron a su fin, es una novela que se ocupa de ese oscuro periodo de la historia boliviana. Una novela que se suma a los pocos libros que, desde la ficción, exploraron esos años de violencia militar y paramilitar. Una novela que se inscribe en una tradición latinoamericana marcada por heridas que todavía no cicatrizan. Y esto es importante, pero no es su único mérito.

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Es una novela que no tiene miedo de instalarse en el incómodo punto de vista de quienes ejercen la violencia. Por un lado, está el protagonista, Qasim Hadid, también conocido como el Turco, un hombre que se ve empujado por su padre hacia una vida como paramilitar, policía de medio pelo e incluso recluta de la DEA; un hombre al que las circunstancias tornan violento. Y está Pierluigi Pagliai, una figura histórica real y terrible, un neofacista contratado para entrenar y liderar a grupos militares y paramilitares en Latinoamérica. Un tipo involucrado en masacres y torturas, al que parece no molestarle la sangre en las manos. ¿Lavarse la sangre?, parece preguntarse, ¿para qué? Si va a manchárselas de nuevo.

Pero esta novela también es la voz a algunas de las víctimas, como Carolina Rojas, más conocida como la Japonesa en el mundo de la prostitución, al que se ve empujada por falta de oportunidades de su familia, un mundo de dinero que parece fácil, pero que es frecuentado por hombres peligrosos como Pagliai y hombres violentos como Hadid.

Así, estas tres vidas irán trenzándose en una espiral cada vez más apretada y peligrosa. Un espiral que arrastrará a otras personas a su paso. Una espiral en la que se verán involucrados paramilitares extranjeros y nacionales, prostitutas, narcos y dictadura, moviéndose en una trama compleja, cargada de tradiciones y de muerte.

Sin embargo, su tratamiento de la historia boliviana no es el único mérito de Lavarse la sangre, Este es —lo sabemos quienes lo hemos leído— el mejor libro de Entwistle. Su prosa es ágil y cambiante. Puede ser dura y directa, retratando casi con frialdad la crueldad que ejercen sus personajes. Pero también apuesta por jugar con la forma y con los narradores, se permite encontrar un tono poético que contrasta con la violencia. Su estructura está compuesta de saltos en el tiempo y entre personajes, incluyendo algunas disgresiones que, al final, profundizan en la historia (tanto la de Bolivia como la relatada en la novela). Este libro es osado no solo en lo que cuenta, sino en cómo lo cuenta.

En su anterior novela, El tejido adiposo (publicada en 2021 por la editorial 3600), el protagonista Primo Oehler —el alter ego literario de Gabriel Entwistle— recibe el consejo de un escritor argentino: «Escribí sobre las dictaturas […] o sobre algún lugar de Bolivia que nadie conozca, uno de esos lugares perdidos en el campo, a los que no llegan ni las oenegés, y narrá cómo lo destazan, matan a los hijos frente a los padres, de diferentes formas, los ahorcan, los revolean por el aire, tomados de los pies […]. Ah, y al texto ponele sexo. Seguí por más de doscientas páginas y ya está. Ahí tenés la novela». El consejo que recibe Oehler/Entwistle es más extenso y no carece de razón. Y, en ese sentido, Lavarse la sangre no solo está saldando una deuda literaria, sino también metaliteraria: se trata de la novela que ese escritor argentino le recomendó escribir a Oehler.

Un ejemplo: «Ese es. Dale ahora, le dijo Colque al Turco, a quien le habían asignado la operación. Llevaba un tiempo trabajando en el grupo de tareas. Lo habían estado siguiendo por unos veinte minutos. Se bajó del auto. Apuró la marcha. Le transpiraban las palmas. Llevaba la mano derecha dentro de la chaqueta. Se deslizó sin hacer ruido. […]. Compañero Claros, le dijo, en un susurro grueso, llamándolo por su nombre clave. En cuanto se dio la vuelta, el Turco le disparó en la cara. La bala atravesó el arco superciliar. Cuando el cuerpo cayó, sintió una corriente de adrenalina. Por dos segundos miró los restos en el piso y la sangre acumularse contra el cemento. Se aseguró que no se moviera. Dejó la escena».

Lavarse la sangre es una novela que nos recuerda que, como escribió William Faulkner: «The past is never dead. It’s not even past» (El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado). Una novela que mete los dedos en una herida histórica que todavía sangra. Y no es posible lavarse la sangre.

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Fuente: http://www.letras.mysite.com/gent201026.html

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