10/21/2026 por Sergio León

La amistad como memoria y la memoria como escritura. A propósito de la reseña de Mirna Luisa Quezada Siles sobre «Memoria solicitada», de Blanca Wiethüchter

Por Jorge Larrea Mendieta

«Sus amigos, sus amores, tendrán por su lado que contar.
Qué cosas contarán, una se pregunta…»

-Blanca Wiethüchter, Memoria solicitada

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Hay libros que comienzan donde terminan las biografías.

Memoria solicitada es uno de ellos.

Hay frases que iluminan un libro entero. Esta es una de ellas. También ilumina una vida y, quizás, una tradición literaria. Porque desde esa pregunta aparentemente simple, Blanca Wiethüchter plantea el problema central de Memoria solicitada: la memoria nunca pertenece a una sola persona.

La reciente reseña de Mirna Luisa Quezada Siles identifica con acierto uno de los rasgos esenciales del libro; no estamos ante una biografía convencional de Jaime Saenz, ni ante un estudio crítico de su obra, ni siquiera ante un homenaje en el sentido tradicional del término. Estamos ante una tentativa de convocar una presencia. Cartas, fotografías, poemas, dibujos, documentos, conversaciones y recuerdos son reunidos no para reconstruir una vida de manera ordenada, sino para permitir que una voz vuelva a escucharse.

Sin embargo, quizá el aspecto más provocador de Memoria solicitada no sea la evocación de Saenz, sino la manera en que cuestiona la idea misma de memoria.

Acostumbramos pensar que recordar significa recuperar. Como si el pasado permaneciera intacto en algún lugar y bastara un esfuerzo de voluntad para traerlo de regreso. Wiethüchter parece sugerir exactamente lo contrario. La memoria no recupera: interpreta. No conserva: transforma.

Por eso su libro no intenta responder quién fue Jaime Saénz.

Intenta responder algo más complejo:

¿cuántos Jaime Saenz existen?

La pregunta resulta fundamental. Porque el poeta que aparece en Memoria solicitada no es necesariamente el mismo que recuerdan sus lectores, ni el que estudian los académicos, ni el que sobrevive en las leyendas urbanas de La Paz. Tampoco es el mismo que evocan sus amigos, sus discípulos o quienes compartieron con él largas noches de conversación.

Existe el Saenz de la poesía.

Existe el Saenz de la ciudad.

Existe el Saenz de la amistad.

Existe el Saenz del mito.

Existe el Saenz de la memoria cultural boliviana.

Y todos son reales.

La grandeza del libro consiste precisamente en reconocer esa pluralidad.

La literatura suele sentirse tentada a convertir a sus figuras mayores en monumentos. Una vez que un autor alcanza cierta dimensión simbólica, comienza un proceso de simplificación. Borges termina siendo los laberintos. Kafka, la angustia. Rulfo, el silencio. Saenz, el misterio.

Los símbolos son necesarios para la cultura, pero también peligrosos. Terminan sustituyendo a las personas.

Wiethüchter parece resistirse a esa operación. En lugar de construir un monumento, devuelve movimiento a una figura que corría el riesgo de quedar inmovilizada por la admiración. Su Jaime Saenz ríe, conversa, corrige poemas, escucha historias, se enamora, se decepciona, exagera, celebra y comparte espacios de intimidad intelectual. Es decir, vuelve a ser humano.

La observación de Mirna Luisa Quezada Siles resulta aquí particularmente valiosa cuando señala que el lector no recibe un retrato acabado, sino que participa en su construcción. Esta afirmación trasciende el comentario literario y toca el núcleo de la obra. Porque el libro no ofrece una imagen definitiva; ofrece fragmentos.

Y los fragmentos exigen interpretación.

Cada fotografía abre una posibilidad.

Cada carta propone una lectura.

Cada anécdota ilumina una zona distinta.

Cada documento deja preguntas sin responder.

El lector debe construir conexiones, completar silencios y aceptar vacíos. En otras palabras, debe participar del mismo acto de memoria que realiza la autora.

Pero hay una dimensión aún más interesante.

Mientras leemos sobre Saenz, también leemos sobre Wiethüchter.

Todo recuerdo es un espejo.

Cuando una persona evoca a otra, inevitablemente revela algo de sí misma. Las escenas elegidas, las historias preservadas, los silencios y los énfasis dicen tanto de quien recuerda como de quien es recordado. Por eso Memoria solicitada puede leerse simultáneamente como una aproximación a Jaime Saenz y como un autorretrato intelectual y afectivo de Blanca Wiethüchter.

No es casual que la amistad ocupe un lugar tan importante en el libro. La amistad aparece aquí no como un tema secundario, sino como una forma de conocimiento. Saenz y Wiethüchter compartieron lecturas, conversaciones y una relación profunda con la poesía. Esa experiencia común permite comprender algo que suele quedar fuera de la historia literaria: los libros no nacen solo de la inspiración individual; también surgen del diálogo, de las afinidades y de las comunidades creadoras que los hacen posibles.

Por eso resultan significativas los materiales que incorpora la autora. Las fotografías, las cartas, los documentos de los Talleres Krupp o los relatos que circulaban en torno a Saenz no funcionan como simples anexos. Constituyen una declaración de principios. La literatura, parece decirnos Wiethüchter, no está hecha únicamente de obras publicadas. También está hecha de conversaciones, encuentros, complicidades y experiencias compartidas.

Esta idea abre una discusión que trasciende el libro.

¿Qué hacemos con nuestros escritores cuando mueren?

¿Los convertimos en objetos de estudio?

¿En figuras míticas?

¿En monumentos culturales?

¿O aceptamos que sigan siendo territorios en disputa?

Memoria solicitada se inclina claramente por la segunda opción. No busca fijar una imagen de Jaime Saenz. Busca mantener abierta la conversación sobre él.

Y allí reside, probablemente, su mayor virtud.

La literatura boliviana no necesita únicamente conservar a sus autores. Necesita seguir dialogando con ellos. Necesita permitir que nuevas generaciones los lean, los cuestionen, los interpreten y hasta los contradigan. Un escritor verdaderamente vivo no es aquel sobre el que ya está todo dicho, sino aquel que continúa generando preguntas.

Por eso la frase de Wiethüchter que abre estas páginas reaparece al final con una fuerza renovada:

«Sus amigos, sus amores, tendrán por su lado que contar…»

En esa frase hay una aceptación y una renuncia. La aceptación de que ninguna memoria es absoluta. La renuncia a poseer definitivamente a quien se recuerda.

Quizá por eso la pregunta final no sea quién fue Jaime Sáenz.

Ni siquiera quién sigue siendo.

La pregunta es qué hacen los amigos con aquello que el tiempo amenaza borrar.

Blanca Wiethüchter ofrece una respuesta silenciosa pero decisiva: escriben.

Escriben para prolongar una conversación.

Escriben para que una voz no se extinga del todo.

Escriben para transformar la ausencia en presencia.

Memoria solicitada nace de ese gesto.

Porque la amistad, cuando alcanza cierta intensidad, termina pareciéndose a la memoria.

Y la memoria, cuando se niega a desaparecer, termina convirtiéndose en escritura.

Tal vez por eso las páginas de Wiethüchter siguen convocándonos. No porque nos permitan recuperar intacto a Jaime Sáenz, sino porque nos muestran cómo una vida continúa transformándose en la memoria de los otros.

Al final, toda amistad verdadera deja una historia por contar.

Y acaso esa sea la forma más profunda de la escritura:

convertir la amistad en memoria,

y la memoria en escritura.

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Fuente: https://inmediaciones.org/la-amistad-como-memoria-y-la-memoria-como-escritura/

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