Por Diego Loayza
Anatomía del vacío, el nuevo libro de cuentos de G. Munckel (Nuevo Milenio, 2026) es una colección de relatos que recorren, cada uno a su manera, caminos que nos llevan a un mismo lugar emocional que no es otro que el esculpido por la vulnerabilidad humana. Vulnerabilidad ante la naturaleza, ante la soledad, ante el paso del tiempo, ante la melancolía, ante los otros seres humanos (presentes o ausentes), ante la enfermedad, en fin, ante la vida misma —que implica, de manera implacable, la muerte—. Lo curioso es que nunca abandona esa raíz, la humana, para llegar a conmover al lector. Aquí no hay artificios oníricos o sobrenaturales, no hay un despliegue dramático que infunda un aire mitológico, no hay una épica ni tragedia (mucho menos comedia): se trata de fragmentos, como fotos antiguas en un álbum olvidado, que sugieren, activan, la memoria atávica de una especia sumamente frágil, en una versión huérfana tanto de protección como de explicación metafísica —quizás ahí radica el hincapié en el vacío—, ante el peso de sucesos que pueden oscilar entre la banalidad de una taza rota y la apoteosis de un cerro viniéndose abajo.
La fidelidad a ese tono emocional es admirablemente rigurosa y la negación de optar por una salida trascendenetal, moralista y/o política a la encrucijada existencial que plantea cada trama, se traduce en una suerte de desconsuelo, un retrogusto que no sería fácil de soportar a no ser por el contrapunto de una mirada que no puede evitar cierta ternura, cierto candor que deriva en sutil empatía y eso hace del recorrido por estas páginas una travesía más dura aún, quizás, pero también bella y blindada al nihilismo que podría vehicular la idea de vacío que propone el título. Hay un hilo de familiaridad, un vestigio de hogar, como brasa apenas candente en una chimenea abandonada. Es esa fina cocción la que permite a esta poética triste y desoladora separarse de la frialdad cómoda, del cinismo fácil —que, hoy en día, ya se podía considerar una fórmula o receta para fungir de «narrador serio» y desapegado de sentimentalismos como manda el canon, sobre todo cuando el autor no pertenece a una minoría que le dé licencia para «humanizarse»—. Lo más doloroso —y bonito— de estos cuentos es quizás ese atisbo casi imperceptible de bondad, de solidaridad, de cariño, en medio de configuraciones rodeadas de amargura o desesperanza. Ahí emerge la autopsia de lo vulnerable como una verdadera veta narrativa y estética, no un capricho o pose.
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La aparente ausencia de una clave de lectura política en los cuentos no responde a una evasión facilista del problema sino a una postura existencial: en Anatomía del vacío, las instituciones —el Estado, la familia, la religión, la clase social— y las ideologías carecen de peso entre los personajes de la misma manera que un objeto sólido lo hace en el vacío inconmesurable del espacio sideral. Este rasgo es sintomático de una sociedad boliviana (mayormente urbana o periurbana) atomizada o, en todo caso, más, mucho más atomizada que en generaciones pasadas cuando el potente gregarismo —todavía latente en algunos relatos cual reliquia arqueológica— fungía de respaldo y garante ontológico para sus individuos.
Se hace difícil no tragar saliva cuando se penetra en la lectura del último libro de G. Munckel y, sin embargo, hay tristezas que aportan un perfume, un halo de belleza, como cuando se escucha It’ll end in tears de This Mortal Coil o se ve Dolls de Takeshi Kitano; he ahí la redención después del vacío.
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