09/30/2026 por Sergio León

Nunca más se habia sabido

Por Marcelo Paz Soldán

En 1885, en Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre, la batalla de Aroma la cuenta Alejo, que es analfabeto, pero el paréntesis no es suyo sino del letrado que lo transcribe, un narrador que le corrige las cifras. La voz popular llega entre comillas de alguien que sabe más. En Las desolvidadas del amor ya no hay nadie sosteniendo esas comillas: son varias voces, no siempre campesinas, las que administran el relato; una dice “lo que acabamos de narrar” y se disculpa por no saber. Hasta el lenguaje médico entra como una voz más dentro del rumor y no por encima de él. Pacheco estudió varios años de medicina sin llegar a titularse, y en la comunidad rural donde vivió terminó ejerciendo de médico de todos modos. Él lo resume así: “me las daba de médico, pues todos me usaban de médico, tengo algunos conocimientos”.

La novela une dos vidas. Doña Marta pare, de noche en una cuneta, una criatura con labio leporino doble, paladar hendido y las piernas fusionadas. El médico de las monjas dice sirenomelia; doña Angéla, la comadre que la cargó esa noche, le pone de nombre lo que creyó oír, Sirinamelia, y años después el cura la bautiza Serena Amelia. La otra vida es la de Margot Chullu Chullu, hija consentida de comunarios prósperos, violada al volver de la escuela por un adolescente del rancho vecino que le mata el perro con una piedra. Pacheco sostiene que las dos historias son reales, aunque con licencias literarias, y que las vivió de cerca en esa misma comunidad.

Herramientas para escritores

¿Escribes en español? Prueba gratis nuestras herramientas con IA: corrector de estilo, lector beta virtual e informes de lectura profesionales.

Las dos historias avanzan sin una sola línea en blanco entre ellas. Los saltos se hacen dentro del párrafo y con fórmulas de conversación: “Hasta aquí todo bien. Pero en el hospital…”, “Lo que es la Margolita…”, “La cosa es que…”. Confiar el montaje de dos biografías a muletillas de habla parece poco, pero funciona. Lo que de verdad las une es una manera de contar. Quienes narran dicen “había sabido” donde otros dirían “sabía”, como se dice en los Andes cuando uno cuenta algo que no vio, y la forma misma viene a decir: esto no lo vi, me lo contaron. El libro lo escribe siempre sin tilde. “Doña Marta no habia sabido cuántos años tiene”, dice casi al comienzo, con un presente colado al final que es parte de un estilo. Y en la penúltima página: “Nunca más se habia sabido ni del camión, ni del chofer…”.

Y es esa manera de contar la que mantiene abiertas las tres explicaciones de la Sirinamelia sin que la novela tenga que decidir entre ellas. Hay una descripción clínica de una malformación congénita, con el vocabulario exacto —“trisomía 18, teratogénesis asociada con la gastrulación”—. Hay un padre convencido de que la niña es hija del Sirinu y decidido a devolverla a la cueva. Y hay una tercera, que nadie formula: cuando el médico enumera lo que la niña nunca va a poder hacer —“quizá no hablara nunca”—, alguien lo interrumpe: “¿Y lo que cantaba?”.

El mismo procedimiento sostiene la escena mejor construida de la novela. Don Macario va a consultar a un yatiri por su hija. El yatiri tiene la nuca quemada, “clarito que por ahí le habia entrado el rayo”, y saca de su ck’epi un riwutu: la calavera del Luciano Quispe, muerto asaltado y botado en una quebrada, que lo llamó para no seguir vagando. La calavera sonríe, tiene buenas muelas, y responde con cariño a los interrogatorios. Lo que responde esa noche es cierto —la Margolita está bien— y además se cumple: el Luciano se aparece en su sueño y ella despierta arrebatada. En toda la novela, la adivinación es lo único que no se equivoca.

Y funciona porque el libro nunca sale del marco de lo que se oyó decir: a una calavera nadie le pide pruebas. Tampoco es el primero: el brujo Oblitas le lee la coca a Román Peña y Lillo en Felipe Delgado de Jaime Saenz y se ofende cuando lo llaman adivino, y en ¿Dónde carajos está Litovchenko?, de los hermanos Loayza, Serapito les lee las hojas a los detectives y les anticipa en clave lo que va a venir, hasta el canto de las sirenas que da título a un capítulo. Para entonces ya les han arruinado en el laboratorio el rollo con la única prueba que tenían. En Saenz, en los Loayza y aquí, la lectura ritual informa mejor que la investigación, y quien la ejerce niega su oficio o llegó a él por un rayo.

La novela transcurre en Sucre y no lo dice. Nombra el mercado Campesino, la Peatonal, la avenida Jaime Mendoza, la torre Eiffel del parque, Yotala, radio ACLO, Redención Pampa; cualquiera que haya vivido ahí la reconoce enseguida. Pero la ciudad nunca se nombra. Aparece una sola vez, casi al final, y ni siquiera como escenario, sino como destino de una línea de micros, “hacía el tránsito entre Sucre y Redención Pampa”. Es el mismo tipo de prueba con que Blanca Wiethüchter desarmó en 2002 la lectura fundacional de Juan de la Rosa: ahí dentro el país se llama Alto Perú, y jamás Bolivia. Sólo que al revés: en Aguirre el país tiene nombre únicamente en el marco; en Pacheco la ciudad aparece una vez, de refilón, y sus calles en todas partes. En los dos casos falta el nombre que permitiría ordenar el mundo desde arriba.

En la tercera parte la novela se va a la televisión, y ahí el recurso ya no funciona tan bien. Margolita descubre que puede cantar y forma con la comadre de su padre y la Sirinamelia un trío de cumbia chicha que se llama como el libro. En paralelo, el Panduco, el pandillero que la violó en la ciudad, sobrevive a un linchamiento, lo alcanza un rayo, se convierte y llega a ser el pastor sanador hermano Híllari. Las dos carreras suben y se despeñan a la vez. El material es bueno y la sátira del televangelismo tiene aciertos —a Híllari sus fieles lo llaman “pastor Santiago” o “pastor Illa Panduco” según en qué santo crean, y el rayo que lo convirtió es el mismo que hace yatiris—. Pero el “había sabido” ya no aparece tanto.

Nada de eso arruina lo anterior. Sigo sin saber si la Sirinamelia es un caso médico o la hija del Sirinu, y sospecho que eso es lo que Máximo buscaba. Las desolvidadas del amor no tenía por qué resolver eso al final: con sostenerlo le alcanzaba, y lo sostiene.

📚 Únete al boletín literario de Ecdótica

Recibe nuestras noticias literarias y novedades para escritores. Sin spam.